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La Patagonia Rebelde |
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Artículos "Santa Cruz quedará
para siempre con montículos llenos de muertos. Las llamadas tumbas masivas.
Ahí permanecerán para siempre, en el silencio del desierto y de las cobardías
humanas. Nadie hablará. Sólo en voz baja. Ni los salesianos las marcarán
con una cruz de palo ni nunca una mano de mujer colocará una flor. Los
gauchos vuelven al corazón de la tierra. Esta es tierra de obediencias
debidas. De fusilamiento y desaparición" ... “La
gente busca señales de rebeldía como fue la huelga en la Patagonia, una
historia épica que parece salida del realismo mágico.” Los grandes
luchadores anarquistas, sus sueños y sus logros habían sido sepultados en la
historia de la misma forma que los obreros muertos en la Semana Trágica y en
las huelgas de la Patagonia. Denostados por el sistema y por las izquierdas,
habían llegado a convertirse en una suerte de gran demonio para unos y otros.
La tergiversación y el olvido, como en otras etapas de la historia argentina,
habían hecho su trabajo de zapa sobre un tema considerado tabú"
(si sigue bajando, encontrará los textos, también puede usar los enlaces internos que hemos dispuesto para una mejor navegación) La larga
marcha
Hace ochenta años, por las
inmensidades patagónicas se escuchaba el eco de balazos. Se estaba
fusilando a gente humilde. Los fusiladores eran soldados de Buenos Aires.
Eran tiempos de Yrigoyen. A las peonadas se las fusilaba por
huelguistas. Querían hacer cumplir un convenio
firmado meses antes por el propio militar que ahora las fusilaba.
Los huelguistas eran trabajadores de la lana. Exigían cien pesos por mes, que las instrucciones del botiquín estuvieran en castellano y no en inglés, que se les diera un paquete de velas por mes para iluminarse de noche, y otras pequeñeces. El año anterior, el teniente coronel Varela había venido y firmado el primer convenio rural de la Patagonia, aceptando el petitorio de la gente de la tierra. Pero el convenio no fue cumplido en nada por los patrones. Y las peonadas volvieron a dejar el trabajo y a formar emblemáticas columnas exigiendo justicia; columnas que recorrían el interminable horizonte de las tierras frías pobladas de animales de blanca lana. Es aquí donde se produce el derrumbamiento de toda moral, de toda irracionalidad, del más mínimo principio de ética. Varela vuelve con su 10 de Caballería y en vez de castigar a los estancieros que no habían cumplido, fusila concienzudamente a las peonadas, por huelguistas. No hay escapatoria, todo huelguista sea gaucho, chilote o anarquista europeo es castigado duramente y luego fusilado. Sin juicio ni acta. Por orden del comandante. Santa Cruz quedará para siempre con montículos llenos de muertos. Las llamadas tumbas masivas. Ahí permanecerán para siempre, en el silencio del desierto y de las cobardías humanas. Nadie hablará. Sólo en voz baja. Ni los salesianos las marcarán con una cruz de palo ni nunca una mano de mujer colocará una flor. Los gauchos vuelven al corazón de la tierra. Esta es tierra de obediencias debidas. De fusilamiento y desaparición. Las ovejas son para los ingleses y para los señores de las sociedades rurales. Y nada más. Ese es el orden establecido. A los cuales jamás una jeta de negro vendrá a imponerles algo. La comunidad británica de Santa Cruz despedirá al comandante con un emocionado "porque eres un buen camarada". Hay lágrimas en esos hombres gordos y colorados. El comandante ha cumplido con las órdenes de la Casa Rosada. ¿O no? Porque ahora vendrá la cosa. El balurdo es demasiado grande. En Buenos Aires se ha seguido fusilamiento por fusilamiento. La oposición pregunta con voz tonante: ¿quién ordenó matar? Los sindicatos ocupan las calles en protesta. Fusilar en la lejanía había sido cosa fácil. Pero ahora, a esta opinión pública informada, ¿qué se le dice? ¿Cómo es esto que en la Argentina no hay pena de muerte, pero para con los peones huelguistas sí, y sin juicio previo? Se va sabiendo que cuando se declaró la segunda huelga, el presidente Yrigoyen estaba en una situación difícil. El gobierno británico le había enviado un conceptuoso mensaje que si no defendía las propiedades de los súbditos de S.M., Londres enviaría dos buques de guerra que estaban en Malvinas al territorio de Santa Cruz para guardar el orden. Y todos saben que Gran Bretaña no deja solos a sus súbditos en ninguna parte del mundo. También Yrigoyen pasaba un mal momento con el partido dividido, con problemas en Mendoza, con huelgas rurales en la pampa bonaerense, etc. Y se estaba a corto plazo de las próximas elecciones presidenciales. El hilo se cortó por lo más delgado. La orden presidencial al comandante Varela fue terminar con las huelgas patagónicas, y para siempre. El comandante cumplió con toda ferocidad el deber encomendado. Total, los muertos habían quedado lejos, y eran nada más que pobres ovejeros, gente de campo, y algunos anarquistas que proclamaban un paraíso futuro sobre la base de la libertad y el antiautoritarismo. La tragedia oculta llegó al Congreso Nacional. Y ahí quedó todo en claro. Los fusilamientos masivos. La actitud criminal de Varela y sus oficiales Anaya, Viñas Ibarra, Campos, Schweitzer. La oposición pidió el esclarecimiento de todo. Una comisión investigadora que concurriera ya a las latitudes sureñas para hacer un relevamiento del crimen. Pero la bancada radical votará en contra. No quiere saber la verdad. Ejerce el poder de su número para tapar el crimen. La primera víctima ha sido la democracia. El comandante Varela justificará su conducta ante sus superiores en el ejército elevando un escrito en el que señala: "El Excelentísimo Señor Presidente de la Nación me ha manifestado su conformidad con el procedimiento empleado por las tropas a mi mando en el movimiento sedicioso de la Patagonia, no permitiendo que se efectuara investigación alguna sobre el proceder de las tropas". Obediencia debida y Punto Final. Y no se habló más. La Justicia se calló la boca pese a lo público del caso. Miró para otro lado. Los únicos que no se conformaron fueron los anarquistas. Habían esperado que se hiciera justicia. Como todos se lavaron las manos, decidieron que la justicia la iba a hacer el pueblo. El anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens hizo uso del "sagrado derecho de matar al tirano". Lo esperó a Varela en la calle, le arrojó una bomba -que expresaba la explosión de la ira del pueblo- y le fue perforando el cuerpo con cinco balazos. Wilckens fue asesinado en la cárcel y será el momento en que el pueblo salga a la calle a enfrentar a la policía y a declarar el paro general. Fueron días de lucha a brazo partido. Las publicaciones proletarias llorarán la muerte del vengador. Poco después los anarquistas pondrán punto final a la trágica sucesión de muertos y matarán al carcelero que había asesinado a Wilckens. El radicalismo siempre guardó silencio ante la tragedia de las peonadas rurales. El autor de estas líneas se dirigió por escrito a todos los presidentes del Comité Nacional de ese partido. Les pedía una autocrítica y, el 7 de diciembre, fecha de los fusilamientos en la estancia "La Anita", ir personalmente a depositar una flor allí. Jamás me contestó ningún titular del máximo cuerpo del radicalismo. Les recordé el gesto de Willi Brandt, el primer ministro alemán quien -en su primera acción de gobierno- se puso de rodillas ante el monumento al Holocausto y pidió perdón en nombre del pueblo alemán. Tampoco la CGT jamás hizo un acto recordativo porque temía enemistarse con el ejército. Pero, desde abajo, se ha ido rompiendo el silencio. Después de décadas, hoy, muchos lugares recuerdan a los héroes obreros. La tumba de la estancia "La Anita" ha sido marcada con un templete; una calle de Río Gallegos se llama Antonio Soto; la escuela secundaria de Gobernador Gregores lleva el nombre de José Font ("Facón Grande") por el voto de los docentes, de los alumnos y de los padres de los alumnos. En Galicia, la tierra natal de Antonio Soto, hay una calle con su nombre en El Ferrol, y una placa recuerda su nacimiento en esa ciudad. Y en Jaramillo se levanta la estatua al gaucho entrerriano José Font, fusilado por Varela en ese lugar, un hermoso monumento en medio del desierto patrocinado por UATRE, la Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores. Y, en este ochenta aniversario, la organización rural pondrá el nombre de José Font al hotel para sus afiliados que se encuentra en Buenos Aires. El silencio ha sido roto. La falta de coraje civil ha sido vencida. Las peonadas fusiladas por el miedo y la crueldad, se han levantado de sus tumbas y han comenzado a recorrer sus queridas tierras santacruceñas. Allí donde alguna vez soñaron vivir con dignidad y gozar de sus horizontes interminables. artículo publicado en Página/12, 2001
Génesis, desaparición y regreso de una película por Osvaldo Bayer - volver Justo en 1974 todos aquellos que hicimos La Patagonia Rebelde nos ocupábamos todo el día en hacer posible su exhibición. El film estaba listo pero no podía estrenarse por cuestiones de censura. Juan Domingo Perón era el presidente y todo se había ido corriendo hacia la derecha desde los tiempos de Cámpora. Antes, en el Ente (censura) estaba Octavio Getino y él aprobó el guión sin ningún problema, igual que Mario Sofficci, el talentoso y bonachón director de cine, que presidía el Instituto Nacional de Cinematografía y que no encontró ningún inconveniente en entregar el préstamo a este film histórico. Al contrario, lo hizo con alegría. Pero, ese paraíso de la cultura que fue el gobierno de Cámpora apenas duró cuarenta y dos días y fue reemplazado por el yerno de López Rega, Raúl Lastiri, por orden de Perón. Yo lo conocía bien a Lastiri. En mis tiempos de estudiante me ganaba la vida como bañero en la piscina del Club de Comunicaciones, en Núnez, en las vacaciones de verano. Y todas las tardes, sin falta, entraba al club este caballero vestido de impecable traje azul marino, camisa de cuello duro y llamativa corbata; se dirigía hacia la piscina y me hacía siempre la misma pregunta: "Y pibe, ¿cómo están las minas?". Ese señor, que me parecía un tanto ridículo con su atuendo poco deportivo, llegó a ser presidente de la Nación. Lastiri, en aquel tiempo -a fines de los '40-, era secretario privado del presidente del club. Un empleo tal vez inventado para darle sostén a este personaje que tenía un no sé qué de cafiolo porteño. Pero mi mente adolescente, a pesar de sueños y fantasías, no imaginó nunca, que este señor de diaria pregunta lasciva iba a regir "los destinos del país", y también el mío, en 1973. Porque este señor Lastiri -ya presidente- aprobó un decreto por el cual se prohibía mi primer libro, Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia (y por supuesto no sólo el mío, sino una larga lista). Empezaba mal el gobierno peronista. Recuerdo mi sentimiento de impotencia ante el acto degradante para la cultura de un palurdo así que había irrumpido en el escenario político levantado por el dedo del General. Un año después, ya con el General en el poder, nuevamente esa sensación de impotencia. Esta vez todo fue más refinado, lo que pasó con el film La Patagonia Rebelde. Se anunció con grandes avisos en los diarios del país para estrenarla el 2 de abril de 1974. Pero el Ente no es que la haya prohibido, sino que no la calificó, y sin calificación no se podía dar. El representante del Ministerio de Defensa se había mostrado en contra de la exhibición. De manera que el film se encontró en una situación ambigua: ni estaba permitido ni estaba prohibido. Pero los problemas habían comenzado antes. durante la filmación, en la Patagonia, las noticias que se recibían eran inquietantes. El 22 de enero, cuando estábamos filmando en Puerto Deseado, supimos que Perón había destituido al gobernador de Buenos Aires -Oscar Bidegain, de la izquierda de su partido- y lo había reemplazado por Victorio Calabró, un integrante de la derecha y de la burocracia sindical. Y el 8 de febrero se había producido un episodio, tal vez pequeño en el ámbito político, pero muy significativo, ya que mostraba a Perón decidido a todo en su lucha contra la izquierda. En una conferencia de prensa realizada en Olivos, la periodista Ana Guzzetti, de El Mundo, le pregunta a Perón: "Señor Presidente, cuando usted tuvo la primera conferencia de prensa le pregunté qué medidas iba a tomar el gobierno para parar la escalada de atentados fascistas que sufrían los militantes populares. En el término de dos semanas hubo exactamente veinticinco unidades básicas voladas, que no pertenecen precisamente a la ultraizquierda; hubo doce militantes muertos y ayer se descubrió el asesinato de un fotógrafo. Evidentemente todo está hecho por grupos parapoliciales de ultraderecha". Perón, fuera de sí, le respondió: "¿Usted se hace responsable de lo que dice? Eso de parapoliciales lo tiene que probar". Y se dirigió al edecán aeronáutico y le indicó: "Tome los datos necesarios para que el Ministerio de Justicia inicie la causa contra esta señorita". La joven le informó a Perón: "Le aclaro que soy militante del movimiento peronista desde hace trece años". Perón le contestó: "Hombre, lo disimula muy bien". Nos imaginamos lo que le habría ocurrido a otro presidente que hubiera hecho tal gesto de amedrentamiento contra el periodismo. Pero Perón podía permitirse una cosa así. Este episodio nos hizo ver que todo el escenario represivo aumentaba y paulatinamente se iba trasladando, como siempre sucede, a la cultura, y hasta a la vida íntima del pueblo. Por ejemplo, el decreto de Perón de fines de febrero que controlaba la comercialización de anticonceptivos. Se establecía que sólo podían ser vendidos con receta y éstas debían estar en triplicado. Una medida que se explicaba solamente por la injerencia de la Iglesia. Era un intento de represión de la vida sexual, sin ninguna duda, a pesar de que se explicaba que "una disposición tendiente a aumentar la natalidad como forma de alcanzar la meta de 50 milloones de habitantes para el año dos mil". Si no se permitían condones menos se iba a permitir un film que denunciara una escondida masacre patagónica ocurrida hace medio siglo. Cuando terminamos de filmar exteriores y vinimos
a Buenos Aires para interiores, se produjo algo tan insólito que cuesta
creerlo. El "navarrazo". Se levantó el jefe de policía de Córdoba
Antonio Navarro y con una docena de milicos volteó al gobernador Ricardo Obregón
Cano y al vicegobernador Atilio López; éste un gremialista combativo. Los dos
pertenecían a la izquierda del peronismo. Perón dejó de hacer maniobra e
intervino la provincia en vez de defender al legítimo gobernador. El ritmo de
la filmación fue acelerado mucho más con todo el apoyo de los actores y de
todo el personal técnico, aunque algunos de nosotros ya no creíamos en un buen
final, pero por eso mismo aumentaba la porfía. Ya la primera advertencia que
debíamos darnos prisa nos la había hecho el gobernador de Santa Cruz, don
Jorge Cepernic. A él yo lo había conocido años antes durante la investigación
de las huelgas del '21. Era hijo de un trabajador rural que había participado
en la huelga y mucho me ayudó a encontrar testigos de la época y en situar
tumbas masivas. En aquel tiempo -estoy hablando del '69/'70-, él era uno de los
pocos justicialistas que hacía fe de su ideología partidaria abiertamente. Ese
riesgo y ese jugarse le abrió camino para posteriormente ser el candidato a
gobernador indiscutible de ese partido en 1973. Y por supuesto, fue electo
gobernador. Cuando supo de nuestros planes de llevar al film aquella investigación
histórica, desde la gobernación nos dio pleno apoyo y ayuda. Por eso él se
sentía muy responsable y preveía dificultades dado el enrarecimiento político
de aquellas últimas semanas. Y en ese enero de 1974, se vino desde Río
Gallegos hasta una estancia -a cuarenta kilómetros- donde estábamos filmando
la escena del fusilamiento del líder obrero Outerello (que hizo ese gran actor
que se llamó Osvaldo Terranova). Desde una loma vimos venir al gobernador, que
se había bajado del auto y se aproximaba subiendo el desnivel. Me llevó a un
aparte y me dijo: "Acabo de recibir un telegrama del Ministerio del
Interior inquiriéndome quien dio el permiso para filmar en Santa Cruz La
Patagonia rebelde. Se ve que en el gobierno hay fuerzas que se oponen. Voy a
hacer como que no he recibido nada. Lo único que le pido es que traten de
acelerar la filmación todo lo posible. Deseo fervientemente que la película
pueda terminarse".
La
Patagonia no se rinde “Es un momento
importante en la Argentina”, afirma Osvaldo Bayer. “La gente busca señales
de rebeldía como fue la huelga en la Patagonia, una historia épica que parece
salida del realismo mágico.” Los grandes luchadores anarquistas, sus sueños
y sus logros habían sido sepultados en la historia de la misma forma que los
obreros muertos en la Semana Trágica y en las huelgas de la Patagonia.
Denostados por el sistema y por las izquierdas, habían llegado a convertirse en
una suerte de gran demonio para unos y otros. La tergiversación y el olvido,
como en otras etapas de la historia argentina, habían hecho su trabajo de zapa
sobre un tema considerado tabú. La publicación de La Patagonia Trágica en
1972 sirvió para “terminar con la leyenda negra y empezar con la difusión
histórica”, señala Bayer. Al cumplirse treinta años de la salida del libro,
el autor reunió en un solo volumen los cuatro tomos de la saga de los
anarquistas argentinos que llegará a las librerías bajo el título de La
Patagonia rebelde. publicado en Pagina/12, suplemento "radar libros"
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