
LOS
RIESGOS
¿Qué puede pasar?
Conjeturas de la noche del 31 de diciembre
de 1977
“Does passion end in
fashion?” (¿Termina la pasión en una moda?)
(Graffitti pintado en
aerosol en la boutique Sedimitionaries)
1
FIN DE FIESTA
El mismo día de octubre
del 77, que el periódico norteamericano de distribución mundial Rolling
Stone dedica su artículo central y la cubierta a Sex Pistols, Mr.
William Safire1 gasta su columna en el New York Times
para explayarse en lo que la mayoría de la “gente normal” ataca (y
confunde) del punk: su revolución musical y la tendencia nazi-fascista
que se le atribuye. Gran escándalo. Dudo que mister Safire haya puesto
alguna vez su sensibilidad en el CBGB o en el Vortex. Por de pronto no
enumera ninguna de las siguientes consideraciones.
El fascismo empieza y
termina con una insistencia: conformidad. (Recuerdo el personaje
del filme El conformista, de Bernardo Bertolucci.) Conformidad a
aceptar las ideas seniles de racismo, patriotismo, militarismo,
elitismo, familia, pureza. Conformidad a obedecer órdenes que llegan de
arriba (no precisamente del cielo). El conformismo es su esencia. Hitler
no quema judíos por su “decadencia” (como dice molestamente el tema de
The Nuns), sino porque se diferencian de los estándares
conformistas pretendidos para la nación. Por eso también los estudiantes
de la Biblia, los homosexuales y otros tipos de “diferentes” o
“extranjeros”, los acompañan a la cámara de gas.
El movimiento punk,
musical y social, tampoco acepta los estereotipos previstos. La devoción
por el casamiento, traer hijos al mundo, trabajar para la prosperidad de
la nación, organizarse para la defensa..., son valores ausentes en el
estilo de vida punk. Inducen a la confusión nombres de grupos como The
Dictators, London SS, la profusión de esvásticas y cruces, su actitud de
franca decadencia y la mala interpretación de su violencia.
El fascismo es violencia
y los punks son violentos: entonces punk es fascismo. Este silogismo
corresponde a mistress Margaret Thatcher, del Partido Conservador
británico. Esta anciana miembro del Parlamento, líder de “la oposición”,
también debería leer menos lo que dicen los periódicos del mediodía y
escuchar más los discos de Tom Robinson Band,
Alternative TV o The
Stranglers para discernir mejor entre los dos tipos de violencia.
La violencia del punk no
es la batalla campal posterior a su pogo, sino su disidencia. La
suya no es la rebelión de los que quieren volver al pasado, a los viejos
buenos días cuando la gente hacía lo que se le ordenaba, cuando cada uno
ocupaba y se quedaba en su lugar. Es diferente: anarquía, punk, new
wave..., es rebelión de jóvenes que todavía no quieren detenerse
ante nada, que satirizan la historia –presente y futuro incluidos–. En
ellos, el fascismo es un tema de burla, una caricatura. No una meta.
Hay, sin embargo, cierto
fascismo en el movimiento punk del que no se habla: el auto-fascismo. En
cada uno hay un fascista potencial que con el paso del tiempo lo lleva a
traicionarse y a actuar de maneras contrarias a como piensa. Muchos
chicos punk se vuelven individualmente fascistas cuando comienzan a
hacer concesiones, cuando aceptan contribuir con un sistema que tiende a
adoptar bajo otros nombres diversas características de esa ideología
(represión, control, etc.).
Una vez que los punk-rockers
obtienen algo de popularidad y entran en la élite del poder (musical),
se conforman a esa situación en vez de combatirla y ridiculizarla.
¿Hasta cuándo Sex Pistols puede jugar a ser los frutos prohibidos del
reino? ¿Hasta dónde llegará la audacia de The Clash para seguir
golpeando los flancos resquebrajados del enemigo? ¿Hasta dónde se
explotarán sus humores viscerales Richard Hell y Patti Smith? Ni ellos
mismos lo saben aún. Pero unos cuantos grupos –bastantes más de los que
puedo imaginar– están cobrando por sus gracias millares de dólares y
libras esterlinas. Digamos que no los afecten directamente, que no
toquen el gran dinero cobrado y vivan con un mínimo autosalario semanal;
la pregunta es: ¿Se acuerdan ellos todavía de dónde salen esas cifras
millonarias que mueven a los grandes sellos y a la industria musical?
¿De los bancos privados, de patrocinios oficiales, de inversionistas?
Sí, de inversionistas,
millares de pequeños inversionistas que pagan setenta peniques o dos
dólares por cada disco simple de tres a cuatro libras o de seis a diez
dólares por cada LP. En el mejor de los casos, al grupo le llega el 10%
de esas recaudaciones. Cuando un grupo cobra cincuenta libras por un
gig y hay doscientas manos de uñas comidas que extienden una
arrugada libra en la taquilla de un club, ¿quién se queda con la
diferencia? Ese colaboracionismo, sea el sold-out de músicos que
triunfan, la explotación de grupos que quieren triunfar o la resignación
de públicos dispuestos a apoyarlos a cualquier precio, ciegamente, son
aliados sutiles. No hace falta que se alisten en el National Front. Big
Brother, Music-Biz, Tesoro de la Corona, corporaciones multinacionales,
mafias oficiales..., esperan del futuro el mismo ideal de sumisión,
conformidad y obediencia. Precisamente los blancos sobre donde dispara
la lírica punk.
***
“Cada cosa nueva que realizo o
cada cosa que obtengo no me satisface como lo imaginaba. Cada vez estoy
más convencido que ese género de ambición es una ilusión.”
Lou Reed)
Ya dentro de 1978,
después de meses agitados, el círculo punk parece cerrarse antes de ser
abierto al máximo. Lo que podía preveerse y lo que no, ya ha ocurrido o
está por ocurrir en los próximos meses. Aún no hay otra generación
posterior que cuestione a los punks, que los acuse por haber vendido su
aburrimiento al sistema ni que muestre una forma de vestir más
extremista o de pensar menos convencional. O más destructiva. Tampoco
han aparecido otros ritos sociales que reemplacen al punk-rock. (¿Acaso
el skateboard o las traga monedas?). No se ha aclarado
correctamente el concepto punk, pero ya nadie, ni el más ardiente de sus
cultores confía en su aplicación masiva. Antes de ser asimilado por el
resto de la juventud, la punkitud se desplaza a un terreno que escapa de
su control y llega a los consumidores masivos neutralizado como una
moda.
La primera etapa fue la
presentación del fenómeno; la segunda es su representación. Con Sex
Pistols a la cabeza y un verdadero Ejército de Salvación compuesto por
incalculables grupos de new wave, la segunda etapa del punk es la
conquista del mundo. Quizá será más fácil: la información anticipó la
acción. Lo que decía ser y era considerado mecha incendiaria de un
arte destructivo es hoy producto de consumo. Garantizada su existencia
en términos de rentabilidad, desmontados los mecanismos de su agresión,
parece esa hora de la fiesta que sin poder explicarse bien por qué,
algunos comienzan a plantearse la vuelta a casa. Como si prendieran las
luces y al ir a buscar los abrigos encontraran marcas de sangre en el
baño que deben disimular.
Rat Scabies es una de las
satánicas majestades del punk, un chico levemente más idealista que el
resto de los que triunfaron. Aún cree que obedecer a sus ideas puede
resultar más interesante que aceptar las ofertas de la realidad. En
noviembre abandonó la batería de The Damned, un trabajo para el que diez
mil jóvenes ingleses escribieron postulándose. Los fans, como en el caso
de Sid Vicious, también se rasgan las vestiduras. La Máquina, punk o
no-punk sigue funcionando, pero Rat Scabies escribe sobre la pared de un
lujoso hotel de Londres una frase de Jimi Hendrix: “Un mes aquí vale
años allá”. También él intenta suicidarse.
Días después, Rat me
explica con frases sencillas: “Tengo ya caminado todo lo que podría
caminar sobre los escenarios. ¿Qué más puedo encontrar acá? Entre 30
libras por semana y 30.000 por año hay diferencia, pero no entre 30.000
y 3.000.000. ¿Hasta cuándo debo seguir demostrando una ‘x’ cantidad de
mi habilidad? Seguir en el punk, en el éxito de The Damned, es el
síndrome de John Wayne: probar a la gente lo fuerte que puedo ser. El
punk se vendió más rápido de lo que todos imaginaban. Ahora la
revolución es mantener el negocio. En vez de boring old farts
somos boring young farts. Nos estamos poniendo gordos.
“Con más de 100 libras
por semana, cuando uno está acostumbrado al dole, todo parece más
fácil que nunca. Pero yo perdí la desesperación. Ahora mi nombre no soy
yo. Al principio me sentía feliz; cuando nos cambiábamos la ropa en el
baño del 100 Club junto a Sex Pistols éramos jóvenes, solos frente al
mundo, dispuesto a fuck. Cuando tocamos la última vez en el Round
House había ciento cincuenta o doscientos apretándose en el camerino por
opiniones, autógrafos, sinceridad mía. No soy mejor que ninguno de
ellos. La única diferencia es que no debo pagar para verlos trabajar.”
La fama cambia la vida.
No es que el chico se traicione; simplemente ya no es el mismo. Cambia
la realidad alrededor e inevitablemente cambia su manera de verla. Eso
es quizá lo que muchos punks empiezan a comprender ahora de su propia
punkitud: que ésta es parte de otra reacción más general –juventud y
vida–. Todos los que han dejado de ser jóvenes, incluso los que parecen
nunca haberse cuestionado nada, alguna vez sienten el tirón de sorpresa
de que algo ha cambiado en ellos. Suele ocurrir poco después de ese
período que consideraban su juventud. ¿Cómo explicarlo? La experiencia
es intransferible. Después de haber hecho durante algún tiempo el
escándalo punk, el joven toma conciencia, recuerda y proyecta. Lo que
parecía intensidad queda como gesto teatral, lo que parecía honestidad
como un escenario surgido de una típica reacción químico-social: gotitas
de adolescencia en las probetas del presente. La historia ya no teme lo
que pueda surgir de esa combinación. ¿Punk? OK, punk.
Pero lo que parecía ser
un arte vital queda como un artefacto. Absorbida por la industria de la
música, la tercera generación del rock se ve envuelta, en pleno período
de desarrollo, no sólo por contradicciones intrínsecas de su punkitud,
sino por problemas de mercado, campañas promocionales, expectativas
comerciales y, lo que es más alarmante aún: su desesperada necesidad de
éxito. Punk, modo de hablar, vestirse, comportarse, divertirse,
despreciar al mundo y a sí mismos... el replanteo del movimiento punk es
para los chicos el replanteo de la vida misma. ¿Hasta cuándo van a
ponerse en ridículo? ¿Hasta cuándo van a sorprender con ese ridículo?
¿Qué otro recurso les queda para “golpear” al resto de la gente y
burlarse de sí mismos? Tedio del tedio, ya ni con su muerte llaman la
atención.
Perversamente, la
sociedad empieza a respetarlos. Al insulto punk le ha pasado lo peor que
le puede pasar a cualquier movimiento que se quiera revolucionario: que
el enemigo le dé la razón, le abra las puertas, lo gane para su causa.
Buena parte del potencial destructivo del punk no venía de sí mismo,
sino del miedo que causaba a la sociedad. Hoy comparten la Manzana.
“Todos se acuerdan de Eva
/ pero nadie se pregunta / cómo quedó la fruta / ni qué hizo después /
la serpiente.”
(The Visitors)
2
HABLAN LAS ESTRELLAS
Una rápida observación a
la carta astral del punk permite constatar que su presencia en este
mundo, y en especial sus reacciones, no son azarosas. La generación
hippie –hijos de la posguerra– nace con Neptuno en Libra: el signo de la
paz, armonía, relaciones humanas. La siguiente, la generación de los
nacidos entre 1955-62, llega con Urano en Leo y Neptuno en Escorpio: en
ese enfrentamiento planetario puede interpretarse el sentimiento
apocalíptico, drástico, de destrucción y renacimiento que caracteriza a
los que hoy tienen alrededor de veinte años. Neptuno en Escorpio indica
una fascinación por la muerte y el más allá. Frente a Urano: la
necesidad de optar entre la pérdida de la vida o la esperanza de
sobrevivir. En palabras sencillas: se enfrenta con la muerte para sentir
que aún está vivo. Me parece el horóscopo de un personaje conocido.
¿Qué está diciendo a la
Historia la historia de la generación del punk-rock? Algo, es seguro,
debe estar anticipando. Los escritores de los años 50, por ejemplo,
inconscientemente describen el cuadro actual. La precocidad sexual es
prevista por Vladimir Novokov en Lolita (1955) y por Tenneesse
Williams en Baby Doll (1956). William Goldwing explora el
potencial de crueldad de los chicos en El señor de las moscas
(1954). La delincuencia juvenil toma estado público en los años 50; de
1955 sólo recuerdo tres filmes: Semillas de maldad, Rock al compás
del reloj y Rebelde sin causa. ¿Os dicen algo que rime con
punk esos títulos? La necesidad de empujarse a sí mismo hasta los
límites de la resistencia mental y biológica (Urano en Leo), la
no-tolerancia de grises (Escorpio) más el todo o nada de Neptuno, el
punk nace en una época plácida (expansión capitalista-tecnológica).
Desde la cuna, respira rock.
La vez anterior que Urano
entra en Escorpio fue en 1890-91: coincide con la muerte de Arthur
Rimbaud, el suicidio de Van Gogh y la publicación de una obra clavel de
la “decadencia”: El retrato de Dorian Gray. Oscar Wilde cuenta la
punkitud en el “humanitario” período victoriano. Paralelismos
planetarios en el medio, llámese apatía al narcisimo y “liberalismo
controlado” al marco social del presente y se comprenderán algunos
rasgos característicos de la reacción punk. Si el joven quiere
destruir la Sociedad de Objetos Mecánicos donde vive, no es sólo
para gozar ese Apocalipsis, sino para recuperar su lugar. Si prefiere
replegarse sobre sí mismo, dejarse ir por sus pasiones más caprichosas
para gozar al máximo la intensidad del momento, es porque no cree en
ninguna salvación futura.
***
Sigmund Freud podría
definir al punk-rock como la válvula de seguridad que previene la
destrucción eruptiva de la libido juvenil actual. En otras palabras: el
punk-rock excita y calma las tensiones de los chicos. Efectivamente,
arte, moda o cultura, el punk no pudo estar mejor concebido ni haber
surgido en mejor momento. Si los chicos no desahogaran sus emociones
contra las adversidades e intensidad de la vida en el contexto teatral
de esa música, ¿dónde podrían hacerlo? Cuando el hidrógeno del rock se
expande en la histeria socio-política de los años 70, lo que comenzó
como “otra” expresión inocente de adolescentes y parecía que iba a
explotar en terribles consecuencias, se convierte en otra “función” de
rebeldía. La generación del 60 llamó a eso mismo: “Sueños de rock-and-roll”.
En la década pasada, la
prensa y la burguesía bien intencionada podía permitirse decir que el
hippie era un iluminado: hablaba en términos ecológicos de una vida
mejor. Aburrido, el punk se presenta como la destrucción, la anarquía y
dice que NO HABRA FUTURO. No especifica para quién: ¿para él?, ¿para los
otros?, ¿para ambos? En la diversión del rock se olvida que viene a
destruir. “La anarquía necesita coordinación”, sostiene el profeta
Johnny Rotten y el No Futuro entonces se convierte en una manera de
llamar a lo que No Conoce. No es el fin de la vida, el apocalipsis
soñado por los intelectuales y la ciencia ficción, sino el más allá que
viene después de la adolescencia. La suprema ironía del punk es que
parte para buscar un estado diferente (mejor o peor, depende de la
perspectiva) al de sus hermanos mayores y en el camino, cuando aún no
sabe bien adónde va, advierte que ha llegado al mismo punto que odiaba.
Johnny Rotten, el
punk-star dedicado a destruir el star-sistem vuelve a servir
de ejemplo. Construye su mito tanto gracias a gente que lo odia como a
quienes lo apoyan. Al revés que un actor del teatro de Pirandello, es un
artista punk que se expone a sí mismo. Sobre el escenario, prensa, vida
real. Asume la responsabilidad de cuanto es como individuo. El: John
Lyndon. Convoca a la anarquía y antes de que termine de cantar, un
botellazo (¿de un ted, de otro punk, del dueño del bar, del
censor?) le acierta en pleno rostro. Su piel, no su maquillaje. Sangre,
no jugo de tomate. Esa violencia más que su música multiplicada por los
medios de comunicación masiva hace vender millares de discos de Sex
Pistols antes de que sean grabados. La tercera generación comienza a
aceptar una evidencia diabólica: lo que hace la cultura del rock no es
su espíritu, sino la Industria.
Hay tantos hechos
aislados, tanta información complementaria, tantas consideraciones
relacionadas con el fenómeno punk que ni a través de una computadora
puede conocerse cuál será el resultado final de su fiesta. Cuando muchos
la descubren, sus protagonistas la dan por terminada: queda el mito.
Cada día será más difícil determinar lo que verdaderamente pasó y lo que
no pasó durante la primera parte de esta celebración, aún inconclusa.
Como coca-cola, el punk es a real thing (algo concreto), pero la
fórmula se guarda en secreto. Secreto para fabricantes, embotelladores
autorizados y consumidores masivos. Para obtener una versión más
completa de lo que fue habrá que aguardar a que se reinicie otro nuevo
proceso y que los nuevos parricidas empiecen a demoler al punk tal como
hacen todas las generaciones (de rock y no rock) con las inmediatamente
anteriores. Hubo que esperar a la década siguiente para comprender la
fiesta del 50 y la del 60. ¿Qué pasó en la del 70? La solución correcta
en el próximo número: los hijos del punk, si es que los concibe.
Por el momento, con el
punk el sistema vuelve a confirmar la teoría gatopardista: cambiar para
que todo siga igual. Es decir, peor. Al mediodía siguiente, cuando los
que se quedaron a dormir en la fiesta se despiertan y contemplan el
panorama después de la batalla, no pueden evitar una sensación
intangible. Es como cuando luego de una tormenta, el paisaje vuelve a
reubicarse en su mismo lugar. Pero basta mirarlo con detenimiento para
percibir que no es el mismo.
Tomado de Punk La Muerte
Joven, Juan Carlos Kreimer,
4ta edición, 2006
Editorial Release,
distribuye Longsller.