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Unidos
Soledad Rosas
Antes que nada, queremos aclarar que tenemos el mayor respeto
por Soledad Rosas,
su memoria, sus amigos, su familia.
Creemos que el estado Italiano no es más
que un cruel e impune asesino.
El siguiente texto fué publicado el
suplemento cultural Radar del diario página/12 de Argentina.
La
vida breve
Tenía
veintitrés años y era una chica de clase media que había estudiado
Hotelería cuando, a mediados
de 1997, viajó a Europa y su vida cambió para siempre: conoció
la vida de los okupas en Turín, se sumó
a ellos y se enamoró. Seis meses después, el Estado italiano la detenía
junto a su novio y un amigo para
acusarlos infundadamente de ecoterrorismo. Tras negarse a cualquier
arreglo diplomático, decidió suicidarse
en el cuarto donde estaba detenida. En el flamante Amor y Anarquía,
Martín Caparrós reconstruye la vida
de María Soledad Rosas, la chica que se convirtió en símbolo de la
lucha de los okupas europeos.
Por Mariana Enriquez
Lo más impresionante es el cambio. En la foto del pasaporte con el que
entró a Italia en junio de 1997, María Soledad Rosas es una preciosa
neo hippie de veintitrés años, de largo pelo color arena, una
licenciada en Administración Hotelera que viajaba a Europa en un viaje
sugerido por sus padres. Un año después, estaba detenida y acusada de
terrorismo, rapada y delgadísima, vestida con la ropa de su novio
muerto que le quedaba enorme; su expresión era feroz e inflexible.
“Encontré a otra persona”, dice Marta Rosas, la madre, en Amor y
Anarquía, la biografía de Soledad (“Sole”), que acaba de publicar
Martín Caparrós.
¿Qué es lo que lleva a semejante transformación? El libro de Caparrós
prefiere no dar respuestas concretas y limitarse a narrar la historia de
una chica de Barrio Norte que con su muerte se convirtió en símbolo de
la lucha de los okupas europeos, aunque ellos prefieran alejarse de todo
personalismo y recordarla como una compañera caída.
Los hechos dicen que Soledad era una chica de clase media, un poco
desorientada, vegetariana, que amaba los animales y a hombres un poco
estrafalarios, que paseaba perros por el Jardín Japonés y Barrio
Norte, que fue a la facultad para complacer a sus padres, que soñaba
con vivir en una playa desierta de Brasil, que aceptó viajar a Europa
para ver si encontraba algo que hacer. Llegó a Turín en agosto de
1997. Pocos días después encontró El Asilo, una casa ocupada que por
casualidad la recibió. Y allí conoció la vida de los okupas, jóvenes
que deciden una forma de vida autónoma, fuera del control familiar y de
la normalidad burguesa; un movimiento que se politizó en los años
‘70 tomando ideas del anarquismo y oponiéndose a las relaciones
sociales capitalistas. “En Italia –escribe Caparrós–, las casas
ocupadas son lugares de irradiación de una cultura y una política
antagonista, una forma de plantar en medio de la ciudad enemiga un campo
de batalla.”
Soledad encontró un grupo de pertenencia, y poco a poco fue empapándose
de una ideología que le encajó perfectamente; como si hubiera
encontrado el espacio para hacer de su diferencia una forma de vida y
una militancia. “La veía bien, comprometida con algo, con un grupo
que tenía objetivos, programas, acciones. La escuchaba coherente con
ella misma. Estoy segura de que se sentía bien, que estaba contenta,
que no extrañaba y no quería volver. Y si lo que acá teníamos para
ofrecerle era una vida medianamente cómoda y elegía aquello, es porque
aquello le hacía mejor. Creo que estaba feliz”, dice, en el libro, su
hermana Gabriela Rosas.
Estuvo mucho más feliz en diciembre de 1997, cuando conoció a Edoardo
Massari, el amor de su vida. Juntos vivieron en una casa ocupada de Collegno, un suburbio de Turín, un edificio que formaba parte de un ex
manicomio municipal. Profundizaron su estilo de vida autogestionado y
antagonista: además de las acciones políticas (poco más que
volanteadas, organización de festivales y alguna bomba de pintura),
eran vegetarianos: no comían ningún producto animal, ni siquiera
huevos o leche, ni tomates, ni berenjenas, tampoco azúcar. Practicaban
la urinoterapia (beber la orina por la mañana para purificarse), el
yoga y las “huelgas de silencio”; permanecían días sin hablar. En
la casa los acompañaba Silvano Pelissero, un amigo de Edoardo. Los dos
hombres eran mayores que Sole: Edoardo tenía 34 años, Silvano, 36. Y
ambos tenían antecedentes penales por minucias, pequeños hurtos y
tenencia de material explosivo en cantidades ínfimas.
En forma paralela se gestaba otra historia. Desde mediados de 1996, una
agrupación que nunca pudo ser identificada, los Lobos Grises, comenzó
a hacer atentados con dinamita y molotovs en el Valle de Susa (Piamonte),
en protesta contra la construcción de un Tren de Alta Velocidad (TAV),
que crearía un desastre ecológico. Cuando los misteriosos Lobos Grises
hicieron sus acciones, Silvano Pelissero estaba en Ginebra, Soledad en
Buenos Aires y Edoardo en la cárcel; nada de eso importó cuando los
carabineros de Ros y los agentes de la policía secreta Digos
irrumpieron el 5 de marzo de 1998 en la casa ocupada de Collegno para
llevarse detenidos a los tres. ¿La acusación? Asociación subversiva
con finalidad de terrorismo y subversión del orden democrático, artículo
270 bis del Código Penal italiano, el mismo que se usó para combatir a
las Brigadas Rojas. La pena: de siete a quince años de prisión.
Los okupas de Turín estallaron y se movilizaron casi a diario mientras
sus compañeros estuvieron detenidos. La prensa los demonizó: ningún
diario siquiera investigó si la acusación era aplicable. Si el Estado
italiano quería disciplinar a los okupas, lo logró: el 27 de marzo,
Edoardo Massari, conocido como Baleno (en italiano, “rayo”), se
suicidó en su celda. Mientras tanto, Soledad se endurecía y no
aceptaba la sugerencia de su familia, que proponía al astuto abogado
Gian Paolo Zancan para separar su causa de la de sus compañeros. “A mí
nadie me puso un revólver en la cabeza para hacer lo que hice”, decía.
No quería volver a la Argentina, a pesar de que no tenía antecedentes
y era fácil probar que de ninguna manera había estado involucrada en
una acción “ecoterrorista”. Sus cartas, que le entregaron a Caparrós
los padres de Edoardo y los familiares y amigos de Soledad, la muestran
visceral y dolorida. En abril, consiguió la prisión domiciliaria en la
Comunidad Sottoipinti en Bene Vaggeno, un refugio para adictos
coordinado por Enrico de Simone. Él le regalaría a Soledad la
“agenda negra”, un planificador de días con hitos y fechas
anarquistas, que Caparrós conserva y hojea. “Es muy loco, porque tenía
actividades para después”, dice el autor. “Acá, por ejemplo:
escribe en la semana del 8 al 14 de julio que serán días muy
positivos. Y el sábado 11 se suicidó.”
Soledad apareció ahorcada en el baño de la casa donde cumplía la
detención, colgada de una sábana a la ducha, en una posición muy
parecida a la de Edoardo, su novio. Cuando los padres recibieron la
noticia de la muerte, decidieron cremarla. “No me interesaba que mi
hija fuera una tumba donde a lo mejor van los turistas sin saber quién
carajo era ella, nada más que a verla como Oh, mirá, ésta era la Sole
que se suicidó, que se mató por amor o lo que sea.” Soledad no tiene
tumba. Pero en Génova, en el 2001, cuando se reprimió tan duramente
durante una movilización de los “globalifóbicos”, los carabineros
les pegaban a los okupas gritando: “A ver si te viene a ayudar tu
amiga Sole”.
Martín Caparrós estaba en Nueva York cuando murió María Soledad
Rosas, y ni siquiera se enteró. Recién en el 2001 conoció la
historia, y Christian Ferrer le sugirió que la escribiera. “Lo que me
atrajo es que no estaba claro si Soledad se había matado por amor o por
una causa, pero cualquiera de las dos razones eran tan anacrónicas que
me llamaban la atención. Me enteré de su muerte, y después me interesó
su vida.”
¿Cómo fue la experiencia de convivir
con los okupas en Italia?
–Estuve dos semanas viviendo en El Asilo. Llegué y Luca, el marido
legal de Soledad, con el que se casó para obtener la residencia, me
invitó a quedarme. Fue raro, porque estuve ahí el 11 de septiembre del
2001; fui uno de los pocos que no vio los atentados por televisión. Me
costaba acostumbrarme a cosas: no tenía que dar explicaciones ni pedir
permiso. Una vez quería una bicicleta y le pregunté a Ita, la compañera
de Luca, si podía usarla. Me preguntó “¿Hay una bici?”. Le dije
que sí, que había. “Entonces, ¿qué me preguntás?”. Me gustaba
esto de que no hubiera ninguna organización aparente: están en contra
de cualquier organización porque supone poder, y claro, están en
contra de la idea de poder. Yo preguntaba dónde tenía que anotarme
para cocinar, y ellos me decían que cocinara cuando tuviera ganas. Les
pregunté qué pasaba si un día nadie tenía ganas de cocinar y me
respondieron que nunca les había pasado. Y es así, no se mueren de
hambre ni mucho menos. Me pareció muy interesante y muy contradictorio.
¿Por qué contradictorio?
–Por un lado es muy menor lo que hacen, es cambiar un poquito sus
propias vidas, les falta la influencia social que los movimientos políticos
tratan de tener. Pero al mismo tiempo respetan mucho la premisa de no
querer cambiar las cosas dentro de algunos años y mientras tanto seguir
viviendo como aquello que querrían cambiar, sino tratar de vivir aquí
y ahora de la manera más parecida posible a la forma que querrían que
todos viviéramos. Tienen una decisión muy fuerte de vivir distinto al
resto de la sociedad, pero en términos de política más clásica da la
sensación de que no consiguen efectos sociales demasiado importantes.
Desdeñan la idea de operar sobre sectores más amplios. En términos de
política tradicional sería mucho esfuerzo para poco resultado, pero no
lo leen así. Ellos creen que el esfuerzo es el resultado.
Es imposible trasladar estas experiencias
a la Argentina...
–Totalmente. En los países del Primer Mundo el margen es ancho, es un
lugar habitable. Aquí es el precipicio, allá se puede sobrevivir en la
marginalidad. Es curioso que Soledad haya encontrado ahí lo que no
encontraba en la Argentina. En un momento hasta pensaba que era un caso
particular de esa idea que es fuerte en la Argentina: que el único
futuro posible está en otra parte. El futuro dejó de ser una variable
del tiempo para ser una variable del espacio. El caso de Soledad es un
caso particular y distinto de esa idea: para ella también el futuro
posible estaba en otra parte.
¿Por qué les cayó justo a ellos la
acusación falsa de ecoterrorismo?
–Les cayó de pedo. En lo macro, es que el Estado, en general,
necesita enemigos para justificar su existencia. La Digos, la policía
secreta, tiene miles de personas inútiles: se infló muchísimo en la
época de las Brigadas Rojas y ahora quedaron sin nada que hacer. Y
estos tres eran fáciles de sindicar como enemigos. Acusarlos les permitía
criminalizar a un movimiento que nunca cometió delitos graves y por lo
tanto era muy difícil de reprimir. Los okupas cometen pequeños
delitos, afanan en supermercados, nafta de coches, caños o cables de
obras en construcción del Estado, pero nada serio. El sanbenito de
terroristas les permitió criminalizar al movimiento. Edoardo y Silvano
tenían antecedentes, y en el caso de Soledad es infinitamente más
cruel porque no estaba ahí cuando sucedieron los hechos. Pero
necesitaban tres personas para acusarlos de banda subversiva, porque dos
no son una banda. Entonces ella cayó. Fue un escándalo judicial y político
de proporciones; el Estado italiano se comportó vilmente. Y el
acriticismo de muy buena parte de la sociedad y sobre todo de los medios
fue impresionante. Compraban cualquier cosa. Ni siquiera decían “los
acusados de terrorismo”. Los llamaban “los tres ecoterroristas”.
Una falta de distancia con el poder notable. Los pibes odian a la prensa
con toda razón: la prensa los juzgó desde el primer día. Y fueron
absueltos de la acusación de terrorismo en el 2002; así lo determinó
la Corte de Casación de Roma. Nadie hizo una autocrítica.
¿Soledad estaba comprometida ideológicamente con el movimiento?
–Sí. A Soledad le cayó la piedra sin comerla ni beberla, pero a
partir de ese momento se hizo cargo de su lugar. Se puso muy dura y tomó
decisiones propias. Si no, está la idea de que la arrastró el viento.
Efectivamente, vino un viento fuerte y la llevó. Pero una vez que
estaba en ese lugar, en la cárcel y como opositora fuerte del Estado,
se hizo cargo. Se podría haber corrido. La familia le ofreció poner un
abogado que separara su causa de la Edoardo y Silvano. Era fácil decir
que la habían engañado esos dos, y que ella pobrecita ingenua había
sido víctima de una maquinación. Y ella se negó absolutamente, rechazó
ese abogado y quiso quedarse con sus compañeros. Ese momento marca la
diferencia. Ella decidió seguir adelante.
¿Existen posibilidades de que la mataran?
–Yo creo que ella se suicidó, y Edoardo también. En el caso de
Edoardo casi nadie lo dudó, cosa rara porque se mató en la cárcel,
donde no es difícil matar a alguien. En el caso de Soledad hubo más
dudas, pero personalmente creo en su suicidio. Pero la verdad es que no
puedo afirmarlo. En el libro preferí contar lo que cada uno me decía,
hay muchas cosas que no terminé de entender, prefiero no
sobreinterpretar. Lo extraño es que después de su muerte se acumularon
otros suicidios: en octubre se mató Enrico, el dueño de la casa donde
cumplía el arresto domiciliario, y en la Argentina se pegó un tiro
Gabriel Zoppi, un ex novio de Sole que todavía estaba enamorado de
ella. Muchas muertes. La que más me impresionó fue la de Pasquale
Cavaliere, un diputado ecologista del Piamonte, casi el único con quien
Edoardo y Soledad tuvieron una buena relación: lo aceptaron en la cárcel
a pesar de ser un político burgués. Yo lo busqué porque había estado
con Edoardo el día antes del suicidio. Cuando llegué a Turín me
dijeron que había muerto en la Argentina dos años atrás. Apareció
ahorcado, de forma muy parecida a Edoardo y Soledad, en la casa de una
novia cordobesa con la que había tenido un chiquito. Estaba buscando
información para un juicio por desaparecidos italianos en la Argentina.
Nadie sabe qué pasó. Toda la trama es tan urgente e intensa: hay que
pensar que el romance de Sole y Edoardo duró apenas dos meses.
¿Fue difícil entrevistar a los padres?
–Ellos están menos duros que al principio, cuando consideraban a los
okupas como una secta. Supongo que entonces los padres querían
encontrar algún culpable. En aquel momento decidieron que su hija no
tuviera una tumba. Hay algo muy curioso, que pasa no sólo en el caso de
Soledad, sino en el de los militantes de los ‘70 asesinados por la
dictadura: sobre todo en un primer largo momento, los que tuvieron
control de las historias de esta gente fueron sus padres. En muchos
casos los padres eran gente de la cual los militantes asesinados se habían
separado para hacer una vida distinta. A mí siempre me pareció una
crueldad de la Historia que los que tuvieron el derecho a decir la última
palabra sobre los militantes hayan sido aquellos de los que los
militantes se separaron, en muchos casos para hacer un mundo distinto
del que los padres les habían dejado. Por eso escribí La Voluntad,
para que esta gente cuente su historia. En este caso, de manera más
reducida y leve, sucede lo mismo.
¿Qué tenía de fascinante Soledad?
–No sé si llegó a fascinarme. Creo que le tengo mucho respeto. Éste
es mi libro menos irónico, menos canchero. Quería respetarla; se buscó
la vida con mucha energía, y quería que fuera lo más posible lo que
había sido. Podría haber tomado otras decisiones, armar más un
personaje. Quizá no haya nada de ella que me parezca descollante, pero
todo lo que hizo es digno de respeto. Por eso me salió un libro que no
se hace el vivo.